Al joven bohemio le aprisionó la realidad una madrugada con resaca, venía de camino a la vida sin ni tan si quiera saberlo, volvía de la felicidad, sin ser consciente de lo que iba a suceder. No sé a qué joven bohemio se le ocurre la estúpida idea de salir al mundo una noche cualquiera, sé que fueron los delirios de la absenta lo que le llevó a abandonar su guarida, y por eso puedo llegar a perdonarle, pero él jamás lo hará.
Paseaba sin rumbo por aquella ciudad contaminada de tal manera que ni una estrella contemplaba, por barrios marginales donde la miseria era el pan de cada día, el amor se compraba con dinero, igual que la falsa felicidad. El joven bohemio, que siempre había soñado con poder enamorarse, esa noche triste, dejó de creer en el amor.
Veía los más pobres en la calle pidiendo para comer -o quizá drogarse y así evadirse de la triste realidad que los solía envolver-, fue entonces cuando el pobre bohemio, entristecido, descubrió la inexistencia de la dama de la justicia.
Las horas iban pasando, las agujas avanzando, y no solo las del reloj, lo que el joven bohemio lograba escribiendo y bebiendo, la gente de las calles lo alcanzaba chutándose cualquier mierda. El joven bohemio maldecía haber salido al mundo, el joven bohemio quería volver a su realidad, el pobre bohemio no sabía que no había vuelta atrás.
Escuchó a dos desconocidos gritar, usaban palabras como corrupción, políticos y engañar, mencionaban a un tal Paro y Desahucio que les habían ido a visitar, memorizó sus historias para así jamás olvidar. Ingenuo joven bohemio, todo aquello nunca debió escuchar. ¿acaso la vida ahí fuera no entendía la palabra libertad?
En ese momento el joven bohemio, huyó corriendo hacía su guarida, de la que nunca saldría, después de aquella noche dudó hasta de su libertad, y no se equivocaba, pues al indagar en el mundo abandonado a su guarida, también abandonó a su libertad.
Narró su capítulo final.
Cerró sus ojos.
Jamás quiso volver a despertar.
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